LA ARQUITECTURA DEL MIEDO

LA ARQUITECTURA DEL MIEDO

Oscar Gómez Díez.


”El amor perfecto expulsa el miedo.”
”Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.”
”Mas:”
”Sólo el amor perfecto existe.”
”Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.”  
Un Curso de Milagros  (T-1.VI.5 4-8)

Desde el año  2020 un fantasma recorre al mundo, el Covid-19, desocupando las calles de las grandes ciudades y confinando a las personas en sus casas, produciendo la mayor cuarentena de la historia mundial.  Sin embargo, la arquitectura de las grandes ciudades  aparentemente no estaba preparada para ello. El encierro evidenció que la preocupación por la condición física ha sido prevalente sobre la salud mental y emocional de las personas.

El rápido crecimiento poblacional y la densificación de las ciudades, dejaron atrás las amplias casas edificadas en los pueblos hace más de 50 años atrás, por edificios cada vez más altos, de apartamentos cada vez más pequeños, con cuartos estrechos, diminutas salas, cocinas apretadas, pequeñas ventanas y carentes  de balcón. Es una arquitectura cada vez más reducida, para dar cobijo al cuerpo, sin tener en cuenta el bienestar emocional. La reducción de los espacios ha ido confinando cada vez más los cuerpos,  siendo los hoteles capsulas de Japón, el ejemplo extremo.  Este fue el escenario perfecto para visibilizar  condiciones  que van más allá del techo y la comida, mostrándonos necesidades emocionales, que aparecían ocultas en nuestra sociedad.

Algunas parejas y familias, que se consideraban así mismas felices, descubrieron que lo eran, por el poco tiempo que compartían juntos. Sentían que ese espacio, pese a ser reducido, era grato por un par de horas al día, en la que se juntaban para  la cena o el desayuno, para luego  compartir algunas actividades colectivas los fines de semana, y de esta manera  las tensiones diarias se “liberaban” en otros espacios. Los adultos en sus actividades laborales fuera de casa, y los hijos acudiendo al jardín infantil, al colegio, o a la universidad, cuya  atención  recaía en terceras personas,  sin embargo, durante el periodo de confinamiento la tensión no podía liberarse de esta forma, y los momentos gratos pasaron a ser una fuente de conflicto y estrés en un pequeño espacio, que impedía a cada persona alejarse de los conflictos. El Internet que se usaba para satisfacer nuestras necesidades de comunicación  a través de las  redes sociales, se convertía repentinamente  en el instrumento de trabajo o estudio. Las disputas por el único computador de la casa no se haría esperar. Los nuevos diseños de apartamentos ya no incluían cuartos de estudio, así que el comedor se convertía en una improvisada mesa de estudio y trabajo, en medio de comidas y meriendas. El televisor en el centro de la sala, ya no era un espacio de encuentro familiar, sino de conflicto, pues su ruido fastidiaba a quienes estaban trabajando o estudiando. La presión interna bullía con el paso de los días, las parejas no se soportaban, y estas a la vez,  no soportaban todo el día a sus hijos, cuya incansable energía no se podía liberar en tan pequeños espacios físicos.

Y quienes padecían previamente de alguna enfermedad mental como la depresión, la bipolaridad, el  borderline, y otras tipologías, presenciaban con horror como sus síntomas se incrementaban en medio del pánico colectivo por una epidemia que no respetaba ninguna frontera, y ningún estatus socioeconómico, y menos la de los minúsculos apartamentos de las grandes ciudades. Las situaciones de violencia doméstica y violencia de genero aumentaron. El miedo, el pánico colectivo y la paranoia se apoderaron  de  los espacios públicos y privados.  Una amenaza invisible lo permeaba todo, el miedo a la muerte, que hacía del encierro la mayor paradoja: nos encerrábamos para proteger el cuerpo a costa de castigar nuestras mentes. Igual que las prisiones que sustituían el  castigo de los cuerpos, como se hacía en el pasado, por el  castigo de las almas con el encierro.

La pandemia parecía hacer de las viviendas un gran panóptico colectivo, aquella prisión de forma circular que permitía un control visual de los prisioneros. Ahora parecía que nos encerrábamos en nuestras propias prisiones vigilados, por nuestros seres queridos, por los gobiernos, por nuestros vecinos y por un virus que nos acecha. Pareciera que sin proponérnoslo le dimos forma a la sociedad panóptica de disciplina, vigilancia y control de la que nos advertía el filósofo francés Michel Focault, en su libro “Vigilar y castigar”, de un «sentimiento de omnisciencia invisible»  donde el que vigila parece desapercibido frente al vigilado.

La locura del Covid encontró como contraparte la locura de la convivencia. El infierno  es el otro. Nunca llegamos a comprender que el encierro era de los cuerpos y no de las mentes, pero la identificación con el cuerpo es tan profunda, que pareciera que  nuestras mentes  estuviesen subordinadas a los cuerpos, y a la supervivencia de los mismos.  Es la dinámica del ego  sobre la que se basa este mundo, en la que fabricamos  pensamientos relacionados con la vulnerabilidad y el miedo. El ego es aquel sistema de pensamiento que nos lleva a percibir un mundo basado en el miedo, el estrés, la angustia, la culpa, el conflicto, las carencias, la enfermedad, el ataque, las perdidas y la muerte.

Del miedo a la salud física, nos encontramos con universo oculto de la salud mental de millones de personas que no estaban preparadas para verse en el espejo de sus propios demonios, ocasionados por un confinamiento prolongado con sus seres queridos, donde emergían conflictos ante cualquier pequeño detalle, incrementados por el estrés de la pérdida de empleo, la disminución de los ingresos y la incertidumbre sobre el futuro. Igual que otros, que debieron enfrentar el confinamiento en soledad, en la oscuridad  de sus propios vacíos, día tras día, y  noche tras noche..

Quizás la vida quiso enseñarnos con cierta ironía que la salud de nuestra mente es más importante que la del cuerpo, ya que este es sólo un simple instrumento de la mente. Que no sólo debemos aprender tecnologías para hacer ecuaciones, en un mundo obsesionado por fabricar cosas, cuando no hemos sido capaces de formular la ecuación de nuestra vida, a descifrar las incógnitas de quienes somos, como gestionar nuestras emociones y frustraciones, como lidiar con los miedos y como tener confianza con nuestros semejantes. Quizás después de esto se repiense la arquitectura de las grandes ciudades, quizás se reformulen las políticas públicas sobre salud mental, o, quizás podríamos aprender nuevas formas de pensar, de sentir, de expresarnos, de formular como relacionarnos.

Pero quizás nos repensemos a nosotros mismos desde una perspectiva más integradora y amorosa, como las que nos enseñan algunas tradiciones espirituales,  que nos dicen que la ecuación de nuestras vidas  se formula con amor y perdón, que solo las ecuaciones del amor resuelven nuestras incertidumbres  con resultados  de paz y felicidad.  Que nuestras mentes son libres e ilimitadas, y que sólo el perdón nos ayudará a reconocer nuestra verdadera  libertad, que no depende de un  espacio físico, pues incluso podríamos estar en una hermosa montaña o una paradisíaca playa, y todavía  ser prisioneros de nuestros miedos y falsas creencias. Quizás la pandemia nos ayude a comprender que el perdón es la llave de nuestra libertad y de nuestra felicidad, y que la libertad reside sólo  en nuestras mentes, es el instante cuando comprendemos que la paz y la dicha es nuestra verdadera condición, y que el conflicto y el miedo, son tan solo ilusiones que elegimos soltar. En ese momento, quizás pensemos en  demoler nuestros miedos, con las herramientas del perdón que sólo el amor nos puede  proveer.
Bendiciones

Oscar Gómez Díez

https://oscargomezdiez.com/

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