LECCIÓN 354

LECCIÓN 354

“Cristo y yo nos encontramos unidos en paz y seguros de nuestro propósito. Su Creador reside en Él, tal como Él reside en mí.”

Comentada por:
Oscar Gómez Díez

Metafísicamente, Cristo y yo somos uno. Siempre lo hemos sido y siempre lo seremos. “Mi unidad con el Cristo me establece como Tu Hijo, más allá del alcance del tiempo y libre de toda ley, salvo de la Tuya.” Pero en este mundo nos creemos separados, y parece que vivimos experiencias de conflicto y sufrimiento que nos llevan a creer que este mundo es real. Por lo tanto, no nos creemos que Cristo y yo somos un solo Ser.

“No tengo otro ser que el Cristo que vive en mí.” Llegar a pensar en este mundo,  que estoy unido a Cristo, y creérmelo de verdad no es cualquier logro. Significa entre otras cosas, unir mi voluntad de amor con el Amor, a contemplar todo desde la paz y el perdón, ver todo con inocencia e impecabilidad, no emitir ningún juicio, no permitir que mi paz se afecte con ninguna experiencia, pues mi paz no depende de ninguna experiencia de este mundo. Es reconocer que Cristo reside en Dios y yo en Cristo. Y a partir de esa unidad, bendecir juntos al mundo con milagros, este sería los últimos pasos que me conducirían a fundirme con Cristo, con mi realidad inmortal, mi yo individual desaparecía y me vuelvo uno con la totalidad. Me lo creo? Lo quiero? Lo deseo de verdad? Voy a por ello con la decisión,  la certeza y la alegría con la que un río desemboca en el mar, para fundirse con el océano infinito del Amor? O todavía conservó apegos, deseos o ilusiones que me aferran al ego, a mi yo individual?  O puedo hacer de esta pregunta una afirmación total y definitiva?: “¿Y qué soy yo sino el Cristo en mí?” respondamonos con total honestidad cada pregunta, solo cada cual la puede contestar, depende de cómo la contestemos reconocemos el Cristo que nos habita, el Ser que somos unidos a nuestro Creador.

ORACIÓN DEL DÍA:

“Mi unidad con el Cristo me establece como Tu Hijo, más allá del alcance del tiempo y libre de toda ley, salvo de la Tuya. No tengo otro ser que el Cristo que vive en mí. No tengo otro propósito que el Suyo. Y Él es como Su Padre. Por lo tanto, no puedo sino ser uno Contigo, así como con Él. Pues, ¿quién es Cristo sino Tu Hijo tal como Tú lo creaste? ¿Y qué soy yo sino el Cristo en mí?”

Proponerme unirme a Cristo y tener solo Su propósito, pensar y actuar tal como Cristo lo haría, desde el amor y sólo desde el amor, es la decisión de mi vida, pues implicaría renunciar a todo otro propósito mundano, “No tengo otro propósito que el Suyo. (Cristo) Y Él es como Su Padre.” El Curso nos prepara para ello, dependerá de cada cual, con que tanta dedicación perdonamos todo pensamiento que nos aleje del amor y la paz de Dios.

Para muchos estas últimas lecciones son como un autoexamen respecto al Curso. ¿Que tan bien practiqué las lecciones? , ¿que tanto me aproximo a los escenarios que me muestran las lecciones finales? ¿El amor y sólo el amor gobierna mi mente? Me siento pleno y en paz? Que tanto miedo y culpa persiste en mi mente? Todavía me preocupan situaciones o circunstancias de mi vida cotidiana? Para muchos que están terminando por primera vez el libro de ejercicios la respuesta puede ser negativa, pero no así el balance. A lo largo de este año han experimentado como su mente se ha sanado y transformado, pero también son conscientes que su practica no estuvo al nivel que cada ejercicio le pedía. Esa fue mi experiencia. Cuando repetí nuevamente las lecciones empecé a descubrir temas y prácticas de perdón que “no había visto” la primera vez. Cada vez que  vuelvo a estudiar el Curso mi nivel de comprensión es mayor.

Un Curso de Milagros es como una espiral descendente, entre más la recorras llegas a  mayores  profundidades de tu mente. También la puedes interpretar como una espiral ascendente, entre más la recorras más te elevas hacia la totalidad de lo que eres, hacia Dios, hacia el Cristo en ti.

PRACTICA:

Repasa el tema especial de esta sección, titulado “14. ¿Qué soy?” Trate de leer y repetir cuantas veces puedas la idea  y la oración del día, y si logras   memorizarlas mucho mejor, hazla tuya, pues es la manera como buscaremos comunicarnos con Dios todos los días; luego guardamos silencio para escuchar Su amorosa respuesta, tal como nos lo dice Jesús a continuación:

“Y ahora aguardamos silenciosamente. Dios está aquí porque esperamos juntos. Estoy seguro de que Él te hablará y de que tú le oirás. Acepta mi confianza, pues es la tuya. Nuestras mentes están unidas. Esperamos con un solo propósito: oír la respuesta de nuestro Padre a nuestra llamada, dejar que nuestros pensamientos se aquieten y encontrar Su paz, para oírle hablar de lo que nosotros somos y para que Él Se revele a Su Hijo.” (L- 221.2:1-6)

No te olvides de realizar tus meditaciones cada mañana y cada noche, si puedes dedicarle media hora o más seria excelente, lo mismo que los recordatorios cada hora, y de responder a toda tentación con la idea del día, pero sobretodo que sea una práctica gratificante, pues ahora el tiempo pasa a un segundo plano. Cuando estamos con Dios el tiempo no existe pues estamos con el Señor de la eternidad. Los momentos que le dedicamos a Dios son instantes santos que nos dedicamos a nosotros mismos, a nuestro amor, nuestra paz y nuestra felicidad.
Bendiciones

Oscar Gómez Díez

https://oscargomezdiez.com/

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