LA MUERTE CONSCIENTE

LA MUERTE CONSCIENTE:

“Cuando tu cuerpo, tu ego y tus sueños hayan desaparecido, sabrás que eres eterno.” (T-6.A.1:1)

En este mundo experimentamos miedo por identificarnos con el cuerpo y con el sistema de pensamiento del ego. Y el más temible de todos los miedos es el miedo a la muerte.

Según el ego, la muerte es el mayor castigo por haber ofendido a Dios. Se supone que tras la expulsión del paraíso perdimos nuestra condición inmortal, y por lo tanto, estamos condenados a morir. “La muerte es el símbolo del temor a Dios.” (M-27.3:1) la muerte no puede coexistir con Dios que es inmortal y Sus creaciones gozan de su misma condición eterna. “¿Qué puede originarse en Dios y morir?” el ego no puede dar respuesta a esta pregunta, pues su idea de la muerte pretende demostrar que Dios es tan vulnerable y mortal como este mundo de formas y cuerpos. “Dios es eterno, al igual que todas las cosas creadas por Él. No ves que de no ser así, Él tendría un opuesto y el miedo sería tan real como el amor?” (M-27.6:10-11)

La historia del ego, oscila, por un lado, entre la afirmación de la culpa, el pecado y el castigo, entre ellos la muerte. Por otro lado, la búsqueda casi desesperada de luchar contra la muerte, de superar la hambruna, las enfermedades, y las guerras, y buscar como prolongar la vida de los cuerpos, que es lo mismo que decir, buscar la inmortalidad. Pero la inmortalidad es un hecho, y no sé va a conseguir a través del elixir de la eterna juventud que el ego ha buscado a través de milenios, ni lo va a conseguir a través de inventos biotecnológicos.
La inmortalidad es el estado natural del Hijo de Dios, esa condición no ha cambiado ni va a cambiar por qué tengamos un sueño de separación y muerte. Cuando despertemos del sueño nuestra mente se liberará del miedo a la muerte, reconoceremos nuestra naturaleza de Amor inmortal.

FORMAS DE EXPERIMENTAR LA MUERTE:

En este texto vamos a examinar la creencia de la muerte desde dos perspectivas:

  1. Quien experimenta la muerte de un ser querido.
  2. Quien experimenta su propia muerte.

Examinémoslas:

“1. Quien experimenta la muerte de un ser querido.”

La cercanía de la muerte de un ser querido es de los temas que más nos confrontan en esta vida, y ponen a prueba nuestro aprendizaje espiritual. Es ante la agonía de un ser querido, cuando sentimos que Dios ha sido muy cruel con nosotros, pues parece arrebatarnos lo que más queremos, cuando nos enfrentamos a nuestros apegos emocionales puede llegar a ser una experiencia muy desgarradora. Posteriormente el duelo puede ser doloroso y prolongado, y en algunos casos, requieren de alguna asistencia terapéutica para trascenderlo.

Un Curso de Milagros nos dice que la muerte no existe, que es ilusoria. “El cuerpo ni vive ni muere porque no puede contenerte a ti que eres vida”. (T-6.A.1:4) La mente y el amor que somos es inmortal, jamás moriremos pues nunca hemos nacido. Pero cuando estamos ante la presencia de nuestros padres, hermano o hijos, y los vemos en un cuerpo que agoniza, sentimos que estas palabras no son suficientes, o nos parecen ofensivas, según nuestro nivel de comprensión espiritual. El Curso nos describe en el siguiente texto cómo percibimos la muerte en este mundo:
“este mundo es el símbolo del castigo, y todas las leyes que parecen regirlo son las leyes de la muerte. Los niños vienen al mundo con dolor y mediante el dolor. Su crecimiento va acompañado de sufrimiento y muy pronto aprenden lo que son las penas, la separación y la muerte. Sus mentes parecen estar atrapadas en sus cerebros y sus fuerzas parecen decaer cuando sus cuerpos se lastiman. Parecen amar, sin embargo, abandonan y son abandonados. Y parecen perder aquello que aman, la cual es quizá la más descabellada de todas las creencias. Sus cuerpos se marchitan, exhalan el último suspiro, se les da sepultura y dejan de existir. Ni uno solo de ellos ha podido dejar de creer que Dios es cruel.” (T-13.in.2:4-11) cuando vemos a un ser querido experimentar la degradación de su cuerpo y su muerte, no podemos dejar de pensar que Dios es cruel pues nos quita lo que más queremos. Más sin embargo, la respuesta del Curso es concluyente:
“Si éste fuese el mundo real, Dios sería ciertamente cruel. Pues ningún Padre podría someter a Sus hijos a eso como pago por la salvación y al mismo tiempo ser amoroso. El amor no mata para salvar. Si lo hiciera, el ataque sería la salvación, y ésa es la interpretación del ego, no la de Dios. Sólo el mundo de la culpa podría exigir eso, pues sólo los que se sienten culpables podrían concebirlo.” (T-13.in.3:1-5)

Hace poco un estudiante del Curso preguntaba si había algunas orientaciones específicas para acompañar a su madre que se encontraba en su lecho de muerte, pues la veía muy cansada y nerviosa, preguntaba que podía hacer él por ella. Mi respuesta es parte de esta reflexión.

El Curso no ofrece unas indicaciones especificas en el caso de una persona que está en su fase terminal, como si lo ofrecen algunas otras tradiciones, como el Bardo Todhol, o libro tibetano de los muertos, en la tradición budista, que le hablan al oído de la persona que agoniza, le expresan su amor y gratitud, y le indican que siga la luz brillante que le espera. Que no le tenga miedo a esa luz, pues si la sigue es su última oportunidad de iluminarse o de sanar su mente. Lo llaman acompañamiento por audición pues consideran que el oído es el último órgano sensorial que se pierde en esos momentos, y que se extiende a su oído interno tras el fallecimiento, al que le siguen hablando durante 49 días.

En la iglesia católica, existe el sacramento de la extremaunción que consiste en ungir con aceite bendito (santos óleos) a una persona cristiana que está próxima a la muerte, y existen oraciones específicas para este ritual.

Pero un Curso de Milagros no es una religión con prácticas rituales, sino una enseñanza espiritual para aprender a perdonar y remover todos los obstáculos que nos impiden experimentar el amor que somos y volver a nuestro Hogar eterno. Pero si que podemos a partir de las enseñanzas generales del Curso, extraer algunas recomendaciones que nos pueden ser de utilidad para acompañar a nuestros seres queridos en ese trance que nos parece tan difícil de procesar.

El abordaje sería el mismo para aquellos que vemos como enfermos. Procurar no hacer real el error, la ilusión de la muerte. Si nos identificamos con la enfermedad o con la muerte, la hacemos real en nuestra mente y en la mente del otro. En ese caso es mejor percibir a nuestro ser querido en la condición de su mente real, de su espíritu inmortal, que verlo como un cuerpo enfermo, que se degrada y que parece morir. Verlo con la consciencia de que el amor nunca muere, que ese Ser sigue viviendo en nuestro corazón y que la comunicación, que hemos sostenido puede cambiar de forma más no de contenido. “la comunicación continúa sin interrupción aunque el cuerpo sea destruido, siempre y cuando no veas al cuerpo como el medio indispensable para la comunicación.” (T-15.XI.7:2) nuestros seres queridos permanecerán en nuestro corazón, pues el Amor nunca muere. La pregunta es ¿cómo mantenemos la comunicación? La respuesta es: “En el instante santo se satisface la condición del amor, pues las mentes se unen sin la interferencia del cuerpo, y allí donde hay comunicación hay paz.” (T-15.XI.7:1) El instante santo es el momento que conectarnos con la consciencia de quienes somos realmente como mentes inmortales, y accedemos a ella, en el momento presente, libre de pensamientos del pasado o del futuro, en el ahora, que es nuestra ventana hacia a la eternidad, en ese instante, todas las mentes que se creían separadas se reconocerán unidas por el amor que es nuestra Fuente. Jesús nos dice que “En el instante santo no ocurre nada que no haya estado ahí siempre. Lo único que sucede es que se descorre el velo que cubría la realidad. Nada ha cambiado. Sin embargo, cuando se corre el velo del tiempo, la consciencia de inmutabilidad aflora de inmediato. Nadie que aún no haya experimentado el descorrimiento del velo y se haya sentido irresistiblemente atraído hacia la luz que se encuentra tras él, puede tener fe en el amor sin experimentar miedo alguno. Más el Espíritu Santo te da esa fe porque me la ofreció a mí y yo la acepté. No tengas miedo que se te vaya a negar el instante santo, pues yo no lo negué.” (T-15, VI.6:1-7)

A partir de reconocer que la comunicación no se pierde, podemos hacer del proceso de agonía que parece padecer nuestro familiar, como una oportunidad para expresarle nuestro amor y gratitud por todo lo que nos ha aportado y enseñado a lo largo de nuestra vida. También es una oportunidad para perdonar todos los aparentes conflictos que tuvimos y sanar nuestras relaciones.

SOLTAR EL APEGO A LOS CUERPOS:

Perdonémonos nuestros apegos a los cuerpos de nuestros seres queridos, nuestro deseo de tenerlos a nuestro lado, mucho más allá de sus posibilidades biológicas. Dejémoslos ir sin sujetarlos y aprisionarlos, pues es un proceso que no depende de nosotros. En lo más profundo de sí, cada cual escoge el momento y las condiciones de su partida de este mundo, eso ha estado en su guion, “Nadie muere sin su propio consentimiento” (L 152.11:4) y nuestro papel se reduce a acompañar, y expresar amor y gratitud.

Cómo vemos la experiencia de quien está acompañando a un ser querido en su lecho de muerte, es muy diferente desde la perspectiva de quien asume directamente su propia experiencia frente a la muerte. Son dos perspectivas distintas frente a una misma experiencia.

Veamos la segunda perspectiva.

“2. Quien experimenta su propia muerte.”

El capítulo 3 del Canto de la oración, nos presenta unas reflexiones acerca de la muerte, que vale la pena examinar.

EL BUEN MORIR:

La muerte que experimentamos en este mundo, parece ser implacable con todos, es la visita ineluctable del tiempo, su presencia nos anuncia el fin de las cosas o de los seres que más queríamos, y de los cuales no queremos desapegarnos. Esta es la muerte a la que nos conduce el ego. Es una muerte que se “presenta en formas que parecen imponérsele con dolor a una carne renuente,” así es como la percibe el mundo, y no “como una dulce bienvenida a la liberación.” (S-3.II.3:2)

La enfermedad, el sufrimiento y la muerte le dan forma al sistema de creencias del ego. La muerte es nuestro mayor miedo y el mayor “castigo” por haber “desafiado” a Dios, es la consecuencia lógica de la creencia en el pecado original. La muerte está asociada al dolor, el envejecimiento, la enfermedad, el sufrimiento y la pérdida de todos nuestros apegos. “No obstante, hay una clase de aparente muerte que tiene otra fuente.” (S-3.II.1:8)

LA MUERTE CONSCIENTE:

Jesús nos está planteando otra posibilidad de interpretar la muerte: “Significa simplemente que la utilidad del funcionamiento del cuerpo ha concluido, de manera que se elige abandonarlo, en forma similar a como uno se desprende de una vestimenta raída.” (S-3.II.1:10-11) Esto solo lo logramos al sanar nuestra mente y reinterpretar la función del cuerpo, ya no como un instrumento de ataque y separación al servicio del ego, al convertirlo en un instrumento de comunicación, al servicio del perdón y el amor de la mano del Espíritu Santo.

“Esto es lo que debiera ser la muerte: una elección tranquila, que se lleva a cabo felizmente y con una sensación de paz, pues el cuerpo se ha usado con bondad para ayudar al Hijo de Dios en el camino que lo lleva a su Padre.” (S-3.II.2:1) si logramos sanar la mente podemos desapegarnos del cuerpo y elegir una muerte tranquila y en paz, de quien se encamina con certeza y alegría a encontrarse con Su Padre.

Una mente sanada le da “gracias al cuerpo por el servicio que nos ha prestado.” (S-3.II.2:2) Así como le damos gracias al viejo coche, o la vieja bicicleta que nos acompañó o transportó durante años.

Y también nos sentimos agradecidos que ya no tengamos que seguir experimentando este mundo de conflictos y limitaciones que nos impone un cuerpo que parecía aprisionar nuestra mente, y nos “sentimos agradecidos también de que ya no haya necesidad de seguir transitando por el mundo de las limitaciones ni de alcanzar al Cristo en formas borrosas y, a lo sumo, poder verlo claramente en amorosos destellos.” (S-3.II.2:3)
La luz del Cristo que somos difícilmente la podremos ver con los ojos del cuerpo. Nuestro cuerpo, sus ojos y los juicios que todavía proyectamos, nos impiden ver la luz del Amor en todo su esplendor. Pero en la medida que perdónanos nos vamos entrenando para desarrollar la visión de Cristo, hasta que llega el momento que nos liberamos del cuerpo y “Cristo nos resulta más claro ahora; Su visión es más sostenida en nosotros, y Su Voz, la Palabra de Dios, más claramente la nuestra.” (S-3.II.3:5)

El cuerpo es una limitación para experimentar estados trascendentes como contemplar el Cristo que somos. Quién ha desarrollado la visión de Cristo, quien se ha perdonado, quien ha sanado su mente y se encamina hacia Dios, asume la muerte como un paso necesario hacia su verdadera Identidad como un espíritu inmortal.

“Llamamos a eso muerte, pero es libertad.” (S-3.II.3:1) la muerte se convierte en un paso más en nuestro camino de regreso a nuestro Hogar, en la que nos liberamos del último cascarón que nos ataba a este mundo.

“Si ha habido una verdadera curación, ésa puede ser la forma en que la muerte llegue cuando sea el momento de descansar por un rato de una labor gustosamente realizada y gustosamente concluida.” (S-3.II.3:3) Solo si hemos logrado una verdadera curación de nuestra mente, podemos acceder a este estado de muerte liberadora, y “descansar por un rato de una labor gustosamente realizada y gustosamente concluida.”

Es cuando elegimos morir en paz, sin apegos de ninguna índole, pues no hay nada en este mundo por lo que valga la pena apegarse, y avanzamos seguros a encontrarnos con nuestro verdadero Ser, y “Ahora nos dirigimos en paz a una atmósfera más despejada y climas más suaves, donde no es difícil ver que los regalos que dimos nos fueron salvaguardados.” (S-3.II.3:4) el amor, la bondad, el servicio, la alegría, y demás regalos que ofrecimos en nuestro paso por este mundo han sido salvaguardados, pues el amor es lo único real y ese reflejo perdurara para siempre.

LA MUERTE Y LA ORACIÓN:

De esta manera la muerte se puede convertir en un estadio superior de la oración: “Este sereno pasar a un nivel de oración más elevado y a un tierno perdón de las cosas del mundo sólo puede recibirse con agradecimiento.” (S-3.II.4:1) Recordemos que la verdadera oración es un canto de amor y gratitud entre el Padre y el Hijo, esa es la comunicación que se da en el estado del Cielo.

CONDICIONES PREVIAS PARA LA MUERTE CONSCIENTE:

Experimentar la muerte como un evento liberador tiene unas condiciones previas “primero la verdadera curación tiene que haber bendecido a la mente con amoroso perdón por los pecados con los que ésta soñó y descargó sobre el mundo.” (S-3.II.4:2)

El perdón deshace todos nuestros sueños, incluido la ilusión de creernos un cuerpo, y cuando deviene la muerte “Ahora sus sueños se desvanecen en un tranquilo descanso” (S-3.II.4:3) Esta es la condición de quien ha cumplido su función en este mundo, y logra iluminar su mente con la luz del amor y el perdón, “Ahora su perdón viene a sanar el mundo y está lista para partir en paz, pues la jornada ha llegado a su fin y las lecciones se han aprendido.”(S-3.II.4:5)

Desde la perspectiva del mundo esto no es muerte, pues no se ha cumplido con el rol de sufrimiento, dolor y apego por el que debe pasar todo pecador: “Eso no es muerte de acuerdo con el pensar del mundo, pues la muerte es cruel ante sus atemorizados ojos y se presenta en forma de castigo por los pecados.” (S-3.II.5:1) Para una mente sanada e iluminada por el amor “La muerte es una recompensa, no un castigo.” (S-3.II.5:5) pues podrá contemplar a Dios y contemplarse a sí mismo sin las limitaciones de un cuerpo. En este caso la muerte “no es sino la apertura del portal a un nivel de oración más elevado” (S-3.II.5:4)

Esta forma de morir conscientemente, lleno de amor y gratitud “sólo puede proceder de una curación que el mundo no puede concebir.” (S-3.II.5:6) para ello debemos haber sanado todo tipo de miedo, incluido el miedo a la muerte, en ese momento: “Por fin las puertas del Cielo se abren de par en par y el Hijo de Dios es libre para entrar al hogar que está listo para darle la bienvenida, y que fue preparado antes de que el tiempo fuese y aún continúa esperando por él.” (S-3.II.6:4).

Cuando reconocemos que no somos un cuerpo, que el ego no nos puede gobernar, cuando perdónanos nuestras creencias en el miedo y la muerte, y aceptamos que somos tal como Dios nos creó: mentes libres e inmortales, unidas por el amor, entonces iniciamos nuestro viaje de regreso a casa, para volver a ser uno con Aquel que es nuestra Fuente. En ese momento la muerte queda atrás y la vida eterna se nos manifiesta como nuestra única realidad, la realidad que siempre hemos sido y que seguiremos siendo por siempre jamás, pues el Amor nunca muere, siempre es.

Bendiciones
💝🙏💝
Oscar Gómez Díez

https://oscargomezdiez.com/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s