4. ¿QUE ES EL PECADO?

4. “¿QUÉ  ES  EL PECADO?”

El tema del pecado es central en Un Curso de Milagros, no para validarlo sino para invalidarlo. Casi que podríamos decir que si la creencia en el pecado no estuviese tan arraigada en nuestro medio no sería necesario Un Curso de Milagros, o por lo menos, no como está diseñado actualmente. Pues la creencia en el pecado da lugar a la culpa, el miedo, el ataque, la ira y los resentimientos, entre otras emociones que definen nuestros egos.

El pecado es la creencia en la separación, y en esa aparente huida de Dios fabricamos este mundo de formas, cuerpos y conflictos de toda índole. La salvación pasa por deshacer la creencia en el pecado, para recordar nuestra verdadera identidad  como Hijos eternos del Amor.

Dos de las aseveraciones más contundentes de este texto es que  “El pecado no existe.” (L- PII. 4.5:5)  y  que ” El pecado es demencia” (L- PII. 4.1:1) pero la creencia en el pecado tiene un enorme poder en la llamada cultura occidental, (Europa y América), de ahí que el Curso esté escrito en un lenguaje cristiano, para que nos permita reinterpretar los paradigmas de culpa y miedo de la llamada sociedad occidental, pues casi todas las manifestaciones emocionales que en nuestro medio llaman enfermedad mental, tienen su base en los pensamientos de pecado, culpa y miedo. “El pecado es demencia. Es lo que hace que la mente pierda su cordura y trate de que las ilusiones ocupen el lugar de la verdad.”(L- PII.1:1-2)

EL PECADO EN OTRAS RELIGIONES:

En la cultura judeo cristiana se considera el pecado como una  ofensa a la divinidad, contrario al Budismo y el Hinduismo, que no tienen el concepto del pecado como una agresión contra la divinidad, y hablan más bien de conductas dañinas contra si mismo, es el caso de  los llamados 3 venenos en el budismo: la codicia, la ira y la ignorancia, lo que da lugar al principio del karma,  (ley de causa y efecto) somos el resultado de nuestras acciones.

En el Hinduismo, pese a que el concepto de pecado si existe, (“papa” en el idioma Sánscrito) no tiene la misma connotación que en la cultura católica y cristiana. Se habla más bien de acciones que generan karma negativo, e igual que el Budismo, no se considera como una ofensa contra Dios, sino contra si mismo, son  conductas o acciones que nos impide evolucionar para desarrollar los dones del Dharma o acciones nobles y positivas.

EL PECADO ORIGINAL:

De las tres religiones monoteístas que parten de un mismo árbol común, y se declaran hijos de Abraham: el judaísmo, el cristianismo y el islam, y que tienen como referente común el Antiguo Testamento de la Biblia, paradójicamente la que tiene una visión más radical sobre el pecado original es el cristianismo, y de ellas la de mayor peso doctrinal es la religión católica, que desarrolló toda una teología sobre el pecado a partir del siglo II de nuestra era, y que considera que por razón de la expulsión del Paraíso, (por habernos comido la manzana prohibida,) perdimos los atributos divinos de inmortalidad, y este pecado  original  lo heredamos por todas las generaciones subsiguientes, quienes seguiremos pagando nuestra culpa con sufrimiento, enfermedad y muerte. Por ser heredada, la culpa del pecado original, se pierde por consiguiente el libre albedrio, pues nacemos pecadores y morimos pecadores. A no ser que alguien expíe nuestros pecados, y se sacrifique por nosotros, ese alguien para ellos es Jesucristo.

Para el judaísmo no existe un pecado original a la manera del catolicismo, sino transgresiones específicas que cada cual comete, y contrariamente, la expulsión del paraíso, es considerado por algunos sectores del judaísmo, como el primer acto de libre albedrio de los seres humanos. Para el judaísmo  los humanos nacen  puros y luego y elijen pecar con lo que conlleva sufrimiento en sus vidas.

El islam no considera que nacemos pecadores, ni que heredamos tal condición, no plantea que otros paguen por los errores de los demás,  “Nadie cargará con la culpa ajena” (Sura 17, versículo 16). En otras palabras no hay pecado original que se hereda. El Islam está basado sobre la responsabilidad  individual, y sobre esa base establece su relación con Dios.

El cristianismo parte de la naturaleza pecaminosa del ser humano, condición heredada de la trasgresión de Adam y Eva, y ésa naturaleza pecadora no la sanamos sólo con seguir las leyes de Dios, por lo tanto, se requiere hacer un sacrificio mayor, una ofrenda a Dios para que seamos perdonados, según esa religión, ese sacrificio se realizó con  la crucifixión de Jesús, quien con su sangre expió nuestros pecados.

En términos históricos lo que hace el cristianismo es una vuelta al círculo del sacrificio presente en muchas culturas. Inicialmente se iniciaron los sacrificios humanos, después del episodio de Abraham con su hijo, se procedió al sacrificio de animales, en el caso del judaísmo el cordero, y el cristianismo retoma el sacrificio humano como símbolo de salvación, y hace de la crucifixión de Jesús el gran sacrificio, de ahí que lo llamen “el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, con lo que el mensaje de amor, paz y perdón de Jesús queda  desvirtuado. La idea de hacer santo cualquier cuerpo, así sea el de Jesús, conlleva necesariamente a una identificación con el ego, con la que perdemos la perspectiva de nuestra verdadera identidad espiritual, pues todos los cuerpo son ilusorios, contrario al espíritu que es real, eterno e impecable. No hay ningún cuerpo santo. Ningún objeto, cuerpo o forma de este mundo tiene los atributos eternos del amor. Todo lo que cambia, se degrada o muere no es real, es ilusorio. El Amor no tiene forma, pues es  igual a Dios que es amorfo, como lo es Su Hijo, el Cristo que nos habita.

Los sacrificios son una antigua creencia de muchos pueblos, que piensan que si se le hace una ofrenda de sangre a Dios, este va a contener su ira, y nos concederá la gracia del perdón por nuestros pecados. Estas prácticas se basan en dioses vengativos y furiosos que sólo logramos calmar con ofrendas de sangre. Muy lejano del Dios del Amor, que no exige castigos ni sacrificios. Pues el Amor no se niega a sí mismo, y no duda de Sí Mismo, pidiendo sacrificios como pagos por pecados o culpas, o para probar lealtades o fidelidades basadas en el miedo y el temor al castigo.

La verdadera salvación pasa por desvirtuar la creencia en el pecado, la culpa, y el miedo a Dios. Del miedo a Dios surgen las creencias en los sacrificios. Hasta que no comprendamos que Dios es sólo Amor, y nada más que Amor, y que no tiene opuestos, por lo tanto, no podría ser  amor y venganza a la vez, o amor y castigo a la vez. La idea de un Dios furioso y vengativo, es una de las peores herencias del antiguo testamento. Jesús se propuso revisar toda la  teología del miedo por un mensaje de amor y paz en una sociedad muy cerrada y con una iglesia judía que castigaba con la muerte cualquier mensaje que consideraran opuesto a sus doctrinas, de ahí que Jesús tuviera que hablar en forma de parábolas con el propósito de evitar una confrontación con los jerarcas judíos, pero sólo logró aplazar el desenlace trágico, al desafiar un poder tan arraigado como el que existía en la Palestina de hace 2 mil años atrás.

Pese a que el cristianismo nos dice, que Jesús nos salvó con su sacrificio, seguimos dándonos golpes de pecho, rezando “el yo pecador” y pidiendo misericordia divina. El verdadero mensaje de Jesús no es el sacrificio ni la crucifixión, sino la redención a través del amor, la paz y el  perdón.

EL  PECADO EN UN CURSO DE MILAGROS:

El Curso de Milagros parte de un presupuesto totalmente distinto a las religiones dualistas:  la absoluta inocencia del Hijo de Dios. Por lo tanto, “El pecado no existe.” y tampoco existen todas las demás emociones asociadas con el pecado como la culpa y el miedo.

El Curso se identifica más con la parábola del Hijo pródigo de Jesús, que con el mito de la expulsión del Paraíso del Génesis. Sobre este supuesto fuimos nosotros los que decidimos abandonar el paraíso. No fuimos expulsados, porque Dios siendo sólo Amor no juzga ni castiga. Por tal razón, somos nosotros los que debemos regresar al Paraíso, recordando y aceptando nuestro origen divino, perdonando todo aquello que nos impide experimentar el amor que somos, entre ellos, la creencia en el pecado y la culpa. “El pecado es la morada de las ilusiones, las cuales representan únicamente cosas imaginarias procedentes de pensamientos falsos.” (L- PII.3:1)
El Curso es reiterativo que somos tal como Dios nos creó, o sea, un espíritu inmortal, impecable, inocente, que goza de los mismos atributos de Dios, pues fuimos creados a Su semejanza. El mundo y los cuerpos son fabricaciones del ego, o de la mente errada del Hijo de Dios que cree haberse separado del Padre, y esto es sólo una ilusión, pues no es más que un sueño de separación. “Las ilusiones son la “prueba” de que lo que no es real lo es.” (L- PII.3:2)

EL ORIGEN DEL MUNDO  Y LOS  CUERPOS:

La creencia del pecado original, nos hace  pensar que hemos ofendido a Dios, y en la huida por el temor al castigo o venganza divina fabricamos el mundo y los cuerpos. “El cuerpo es el instrumento que la mente fabricó en su afán por engañarse a sí misma. Su propósito es luchar. Mas el objetivo por el que lucha puede cambiar.” (L- PII.3:1-3) el cuerpo es un instrumento de la separación, y por lo tanto, está diseñado para atacar. Pero el Espíritu Santo nos enseña a percibir el cuerpo de otra manera, convirtiéndolo en un instrumento de comunicación y perdón.

“El pecado dotó al cuerpo con ojos, pues, ¿qué iban a querer contemplar los que están libres de pecado? ¿Para qué iban a querer la vista, el sonido o el tacto? ¿Qué iban a querer oír o intentar asir? ¿Qué necesidad iban a tener de los sentidos? Usar los sentidos es no saber. Y la verdad sólo se compone de conocimiento y de nada más.” (L- PII.1:4-8) El cuerpo está dotado de unos órganos sensoriales diseñados para percibir un mundo externo a nosotros, con lo que nuestro mundo interno, que es nuestro mundo real, queda ocultado o velado por la percepción. De ahí que se nos diga que “Usar los sentidos es no saber. Y la verdad sólo se compone de conocimiento y de nada más.” (L- PII.1:8) el conocimiento no es más que la forma todo abarcante que Dios ve la totalidad de la Creación, el conocimiento es también un atributo del Hijo de Dios, pues fuimos creados a Su semejanza, y cuando nos liberemos del mundo de la percepción regresaremos al mundo del conocimiento, de la omnisciencia.

EL PECADO Y LAS LEYES DEL CAOS:

El Curso nos habla en el capítulo 23 del Texto, de las 5 leyes del caos,  o leyes del ego (T-23.II). Para el tema que estamos examinando ahora, vale la pena recordar la segunda y tercera ley del caos.

La segunda ley del caos nos dice que todos somos pecadores, y por lo tanto, ”todo el mundo merece ataque y muerte” (T-23.II.4:1)  Esta creencia parte de la base de que  ”el error merece castigo y no corrección.  Pues la destrucción del que comete el error lo pone fuera del alcance de la corrección y del perdón” (T-23.II.4:2-3) El pecado merece castigo, diferente al error que se puede corregir. El pecado implica que sólo Dios te puede perdonar, y tus hermanos en nombre de Dios te puede castigar.  La sociedades modernas son mecanismos de vigilancia y control de los unos sobre los otros, para castigarse  los unos sobre los otros. El infierno son nuestras relaciones, ese es el mundo que fabricamos, pues se basa en que la verdad es diferente para cada cual (primera ley del caos), por lo tanto,  ”el ataque se justifica  porque los valores difieren, y los que tienen distintos valores parecen ser diferentes, y, por ende, enemigos”  (T-23.II.2:5)

La tercera ley del caos, es el miedo a Dios, ”Ahora se hace imposible recurrir a Él en momentos de tribulación, pues Él se ha convertido en el “enemigo” que la causó y no sirve de nada recurrir a Él”  (T-23.II.7:2-3) de esta manera el ego nos aleja de Dios, pues en vez de sentir amor y confianza en Él, sentimos mucho miedo, y buscamos negociar con Dios nuestra salvación, ofreciéndole sacrificios de sangre con el supuesto propósito de calmar su furia.

El miedo a Dios, hace que lo excluyamos como fuente de salvación, pues lo percibimos como enemigo de nuestra existencia, pues creemos que nos castiga con carencias, sufrimientos, enfermedades o la muerte. Solo el perdón restablece el Amor y nuestra unicidad con Dios y nuestra plena confianza en Él.

EL INFANTIL JUEGO DE LA SEPARACIÓN:

Finalmente Jesús, describe el sueño de separación y pecado como un juego infantil y nos pide que le pongamos fin a este juego inútil que sólo nos produce sufrimiento. Y eso lo lograremos cuando tomemos la decisión de elegir el amor y nada más que el amor como nuestro único camino y nuestra única meta, hasta despertar en el Cielo, que es el único Hogar del Amor:

“Sin embargo, lo que el pecado percibe no es más que un juego de niños. El Hijo de Dios puede jugar a haberse convertido en un cuerpo que es presa de la maldad y de la culpabilidad, y a que su corta vida acaba en la muerte. Mientras tanto, su Padre ha seguido derramando Su luz sobre él y amándolo con un Amor eterno que sus pretensiones no pueden alterar en absoluto.” (L-PII.4:2-4)
Jesús termina esta disertación sobre el pecado como un juego de niños, preguntándonos: ”¿Hasta cuándo, Hijo de Dios, vas a seguir jugando el juego del pecado? ¿No es hora ya de abandonar esos juegos peligrosos? ¿Cuándo vas a estar listo para regresar a tu hogar? ¿Hoy quizá?” (L-PII.5:1-4)

La decisión es nuestra, el Espíritu Santo siempre está disponible para cuando decidamos pedirle que sea nuestro único guía, para que nos recuerde que  “El pecado no existe.” y por lo tanto, nuestra realidad inmortal nunca ha cambiado ni va a cambiar, sólo debemos despertar del sueño de separación, “La creación no ha cambiado. ¿Deseas aún seguir demorando tu regreso al Cielo? ¿Hasta cuándo, santo Hijo de Dios, vas a seguir demorándote, hasta cuándo?” (L-PII.5:6-8) Hoy podemos tomar la decisión de poner fin a la separación y de volver al Amor, las puertas siempre han estado abiertas, y los brazos de Dios siempre han estado extendidos esperando nuestro regreso.
Bendiciones

Oscar Gómez Díez


https://oscargomezdiez.com/

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