LECCIÓN 183

LECCIÓN 183

“Invoco el Nombre de Dios y el mío propio.”

Esta es una hermosa lección que nos lleva de retorno a nuestro origen y verdadera identidad. Es el deseo incontenible de fusionarse con la totalidad que somos. Es una práctica en la que el símbolo desaparece en el contenido. Por eso al principio la lección nos parece difícil de practicar. Entre otras cosas porque la idea central que encabeza la lección no es lo que repetimos a la manera de otras lecciones previas, por ejemplo, “Dios es sólo Amor y, por ende, eso es lo que soy yo.”

En esta lección se nos pide invocar el nombre de Dios y el mío propio, y la primera pregunta que nos podemos hacer es: ¿tiene Dios un nombre? Cual es el nombre de Dios? Tengo yo un nombre como Hijo de Dios? y cual es?
En nuestra cultura la palabra Dios es un genérico para simbolizar al creador de la totalidad de la Vida, a la inteligencia que todo lo crea, todo lo ordena dentro una perfección que no tiene límites.
En nuestro idioma la palabra Dios proviene del griego Deus que a la vez significa “De Zeus” Padre de todos los dioses en la mitología griega. En la tradición judía Dios tiene muchos nombres, Javhé Jehová, Elohim, Adonaí, etc. En la kabalah  llegan a identificar hasta 72 nombres sagrados de Dios.
En la tradición Hindú están los nombres de Shiva, Visnhú, Brahma. En el antiguo Egipto están Osiris, Isis, Horus, y en las tradiciones indígenas de América, está entre otros, Wiracocha para el pueblo Inca y tantos otros nombres como culturas indígenas en el continente.  O si pronunciamos Su Nombre  por idiomas tendríamos Dios en español, God en inglés, Alá en árabe. Entonces cuál es el nombre de Dios? La lección no nos lo explica, en tanto que las palabras son símbolos al que le asignamos un significado, y Dios es la Fuente de todo significado, más allá de todo símbolo y de toda palabra.
Cuando Moisés le pregunta en la zarza ardiente cuál es Su Nombre, la respuesta fue “Soy el que Soy”, no le dio un nombre, lo que se puede interpretar como el Nombre que los incluye a todos, o como una Realidad que está más allá de todos los nombres y de todos los símbolos.

Así que podemos invocar el nombre de Dios con cualquier nombre o palabra que sea significativa para nosotros como representación de Dios, de los mencionados anteriormente, o simplemente Padre o Jesucristo, pues el propósito es utilizar un nombre, un símbolo para conectar con la presencia del Amor, invocar a Dios es invocar lo que Él es, y lo que nosotros somos como Sus Hijos: luz, amor, paz, dicha, plenitud, etc.

El nombre de Dios es el símbolo que como un trampolín nos permite lanzarnos al océano celestial, y nadar dentro del mismo, fundiéndonos cómo lo haría una gota de agua, que desemboca de un río a un gran océano.
Invocar el nombre de Dios es recordar la realidad inmortal que somos, adentrarse en ella, experimentarla, vivirla en un gozo infinito.

“El Nombre de Dios es sagrado, pero no es más sagrado que el tuyo.” “Invocar Su Nombre es invocar el tuyo.” esta afirmación nos podrá confundir en un principio, pues en nuestra cultura no estamos acostumbrados a considerarnos tan sagrados como Dios, pues arrastramos el estigma de pecadores. De ahí la importancia de recuperar nuestra inocencia a través del perdón.

LOGROS POR INVOCAR EL NOMBRE DE DIOS:

“Hoy puedes alcanzar un estado en el que experimentarás el don de la gracia.”

“Puedes escaparte de todas las ataduras del mundo, y ofrecerle a éste la misma liberación que tú has encontrado.”

“Puedes recordar lo que el mundo olvidó y ofrecerle lo que tú has recordado.”

“Puedes también aceptar el papel que te corresponde desempeñar en su salvación, así como en la tuya propia. Y ambas se pueden lograr perfectamente.”

“El Nombre de tu Padre te recuerda quién eres”

“Repite el Nombre de Dios, y lo estarás reconociendo como el único Creador de la realidad.”

“Y estarás reconociendo asimismo que Su Hijo es parte de Él y que crea en Su Nombre.”

Cuando repetimos el nombre de Dios, nos  olvidamos de este mundo de ilusiones, y todos los demás  nombres de este mundo pierden significado.

PRÁCTICA LARGA:

Aquiétate durante 5 minutos como mínimo, o hasta 15 o 30 minutos, de acuerdo a tu disposición, en dos ocasiones  en el transcurso del día, preferiblemente una en la mañana y la  otra en la noche. Respira lenta y profundamente y mientras te vas relajando con la respiración, ve introduciendo  en tu consciencia la idea de hoy por una sola vez:

“Invoco el Nombre de Dios y el mío propio.”

“Y entonces el Nombre de Dios se convierte en nuestro único pensamiento, nuestra única palabra, lo único que ocupa nuestras mentes, nuestro único deseo, el único sonido que tiene significado y el único Nombre de todo lo que deseamos ver y de todo lo que queremos considerar nuestro.”

“El Nombre de Dios no puede ser oído sin que suscite una respuesta, ni pronunciado sin que produzca un eco en la mente que te exhorta a recordar.”
“De esta manera extendemos una invitación que jamás puede ser rechazada. Y Dios vendrá, y Él Mismo responderá a ella.” kenneth Wapnick nos explica esta paradoja divina de la siguiente manera:
“Invitamos a Dios a entrar. Él no puede negarse porque está dentro de nuestras mentes. Sin embargo, la invitación es realmente para nosotros mismos, que tampoco puede ser rechazada porque estamos en la Mente de Dios.”
Kenneth Wapnick, comentario L 183

“PRÁCTICAS CORTAS Y FRECUENTES:

“Practica sólo esto hoy: repite el Nombre de Dios lentamente una y otra vez.”

“Relega al olvido cualquier otro nombre que no sea el Suyo. No oigas nada más. Deja que todos tus pensamientos se anclen en Esto.”

Toda la práctica debe realizarse en la mayor quietud y silencio.

“Siéntate en silencio y deja que Su Nombre se convierta en la idea todo abarcadora que absorbe tu mente por completo.”

“Acalla todo pensamiento excepto éste. Deja que ésta sea la respuesta para cualquier otro pensamiento, y observa cómo el Nombre de Dios reemplaza a los miles de nombres que diste a todos tus pensamientos, sin darte cuenta de que sólo hay un Nombre para todo lo que existe y jamás existirá.”

*LA VERDADERA ORACIÓN :

La práctica de hoy es una de las formas más avanzadas de oración, cuando hemos ascendido por la escalera del perdón, liberando a la oración de los lastres de este mundo, para que llegue a ser lo que siempre ha sido, la forma original de comunicación entre el Padre que bendice y el Hijo que agradece, en una danza eterna de amor y gratitud. En ese momento el Nombre de Dios te habrá liberado de todas las ataduras de este mundo.

“No se necesita más oración que ésta, pues encierra dentro de sí a todas las demás.”

“Las palabras son irrelevantes y las peticiones innecesarias cuando el Hijo de Dios invoca el Nombre de su Padre.” la verdadera oración no requiere de palabras ni de rituales, ni de peticiones mundanas, pues estás en la totalidad y dispones de ella.

“La paz eterna se encuentra en esta eterna y serena relación, en la que la comunicación transciende con creces todas las palabras, y, sin embargo, supera en profundidad y altura todo aquello que las palabras jamás pudiesen comunicar.”

Cuando la oración alcanza su mayor pináculo, desaparecen los símbolos y la palabras, las peticiones y los deseos, el canto celestial sólo entona amor y gratitud, en una danza eterna de felicidad, todo lo demás sobra, pues todo lo demás fue lo que dejamos atrás en el mundo que se desvaneció mientras avanzábamos  hacia Dios invocando Su sagrado Nombre.

PRACTICA COMPARTIDA:

Esta es de las pocas veces que Un Curso de Milagros nos sugiere una práctica compartida, una meditación conjunta:
“Y si te unes a un hermano mientras te sientas con él en silencio y repites dentro de tu mente quieta el Nombre de Dios junto con él, habrás edificado ahí un altar que se eleva hasta Dios Mismo y hasta Su Hijo.” unir tu mente a la mente de tu hermano en un solo pensamiento y propósito: invocar el nombre de Dios y el nuestro, es hacer real la unicidad de toda la creación.

“Queremos experimentar hoy esta paz en el Nombre de nuestro Padre. Y en Su Nombre se nos concederá.”

Invocar el nombre de Dios y el mío propio, es reconocer lo único real en el universo, es dejar sin significado a todo aquello al que se lo habíamos asignado en este mundo y que se degrada con él tiempo, pues no gozaba del don de la eternidad, eran ilusiones que el viento del tiempo desmoronó. Cuando Invoco el Nombre de Dios, uno mi mente con la Suya, me  hago parte de Él, vivo en Él y me muevo en Él, pues no hay más vida que la vida que comparto con Dios. Gracias Padre por responder mi llamado, gracias por Ser y por hacerme parte de Tu Ser. Somos uno en Amor y gratitud, Tu sagrado Nombre me lo recuerda y vuelvo a Ti lleno de amor y gozo.
Bendiciones

Oscar Gómez Díez
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https://oscargomezdiez.com/

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