EL FIN DE LAS PALABRAS



EL FIN DE LAS PALABRAS

El uso y significado espiritual de las palabras.

En este  mundo nos comunicamos a través de las palabras, nos relacionamos a través de las palabras y también  expresamos nuestros sentimientos y emociones a través de ellas. Nuestra imaginación y fantasías las comunicamos en forma de palabras a las que llamamos  literatura y poesía que reflejan nuestra inspiración. Y también representamos a través de palabras nuestra espiritualidad, en la que expresamos nuestro sentido de la trascendencia, nuestra relación con nuestro mundo interior.

Las primeras palabras eran verbales, sonidos que expresamos a través de nuestras cuerdas vocales. Con la consolidación de las civilizaciones, hace unos 6 mil años atrás, surge la escritura. Para ello fue necesario que nos inventáramos unos símbolos al que le dimos el nombre de letras del alfabeto, que al combinarlas forman palabras que representan el mundo que vemos y sentimos.  Lo que antes verbalizábamos ahora lo plasmamos en símbolos que denominamos palabra escrita. Si primero lo que pensábamos o sentíamos lo representábamos a través de sonidos verbales, ahora pasamos del simbolismo verbal al escrito.

Durante miles de años la palabra escrita se plasmaba a mano sobre rollos de papiro, tabletas de arcilla o se grababa sobre piedra como los jeroglíficos egipcios o los glifos mayas. Hace más de 500 años atrás, surge la imprenta de Gutenberg y el libro impreso que conocemos hoy.

En el año 1440 el señor Gutemberg hace una apuesta que consistía en que sería capaz de realizar copias de la Biblia en menos tiempo del que se demoraban los más rápidos monjes copistas de la época, quienes transcribían a mano la Biblia, que para esa época era el único medio de reproducción de un escrito. Gutemberg se comprometía hacerlo más rápido y perfecto.
La imprenta de Gutemberg, logra en el año  1456, imprimir los primeros 180 libros de la Biblia. Desde esa época leemos la Biblia en libros y no en rollos de papiro.

La palabra hablada, la palabra escrita, las imágenes y el lenguaje no verbal, son hasta hoy nuestros principales mecanismos de comunicación, de conocimiento y aprendizaje, y de representación espiritual. Las palabras no son nuestro único medio de comunicación, está el llamado lenguaje no verbal o  corporal. Una sonrisa salida desde el corazón comunica más que muchas palabras, o un pensamiento amoroso es mucho más potente, trasciende el tiempo y el espacio, se extiende por todo el universo, y se adentra a la eternidad.

Pero recordemos que las palabras son símbolos, nuestro uso cotidiano de las mismas nos lleva a confundir o identificar  las palabras con el significado, el símbolo con lo que este representa, la  realidad con el símbolo que lo identifica. Pero la realidad está mucho más allá de todo símbolo y de toda palabra.

En las distintas religiones o tradiciones  espirituales,  identifican  sus libros sagrados con el nombre de “Palabra de Dios” pero en el fondo son una representación simbólica. Dios en sí  no usa palabras, pues no tiene un cuerpo, ni tiene cuerdas vocales como nosotros para pronunciar palabras, ni se comunica con Su Hijo a través de palabras. La comunicación de Dios y Su Hijo se hace a través de Su naturaleza original, que es la mente y los pensamientos.

“Dios no entiende de palabras, pues fueron hechas por mentes separadas para mantenerlas en la ilusión de la separación.” (M-21.1:7)  Tras la separación, creamos cuerpos individuales, que para comunicarse requerían de instrumentos físicos como la voz, teníamos que asignarle un significado común a los objetos y seres del mundo externo que veíamos para podernos entender: surgen las palabras. Las palabras son los símbolos de comunicación en este mundo, no en el estado del Cielo. El Amor al ser real no requiere de símbolos.

Desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, las palabras nos sirven para guiarnos y enseñarnos a perdonar, a diferenciar lo falso de lo verdadero, a comprender que estamos en un mundo ilusorio, pero nuestra verdadera sanación no está en el conocimiento de los conceptos sino en su aplicación. Esto es practicando las lecciones, practicando el perdón, comunicándonos con Dios a través de la meditación y la oración, y eligiendo siempre el amor frente al miedo, la culpa o el ataque.

La introducción al quinto repaso del Libro de Ejercicios nos plantea unas importantes reflexiones sobre el uso y el significado de las palabras que vamos a analizar a continuación. 

Por un lado, se nos está exhortando a que repitamos con la mayor frecuencia posible las ideas de repaso de cada día, pues con ello  se contribuye  a recordar a nuestras mentes la verdad. Por otro lado, nos llama la atención de que no perdamos de vista que las palabras sólo son recursos auxiliares que “se usarán sólo para recordarle a la mente su propósito,” (int. 5° repaso.12:1) el propósito es volver a la unidad, experimentar a Dios, para ello  hay que pronunciar las palabras de todo corazón, con ese sentir profundo e impulso interior de quien se acerca a la Fuente, esa es la oración.

Por ello,  “Ponemos nuestra fe en la experiencia que se deriva de las prácticas, no en los medios que utilizamos.” (int. 5° repaso.12:2) de ahí la importancia de las meditaciones en la mañana y en la noche y las pausas de dos minutos cada hora en las que buscamos recordar y experimentar a Dios. Pues sólo en la experiencia radica la convicción. Solo viviendo la verdad tendremos la certeza de su realidad.

“Usamos las palabras y tratamos una y otra vez de ir más allá de ellas hasta llegar a su significado, el cual está mucho más allá de su sonido.” (int. 5° repaso.12:4) recordemos que en este mundo las palabras son símbolos para representar algo al que le hemos asignado un significado, pero no son el significado en sí. Por ejemplo, la palabra mesa, representa una superficie plana sostenida por cuatro patas. El significado se encuentra en la imagen mental  que representa el objeto físico que creemos ver fuera de nosotros, y que lo expresamos con la palabra mesa. De esta manera, la palabra mesa es un símbolo fonético o escrito para señalar una imagen mental de un objeto físico al que lo hemos designado con el nombre de mesa. La palabra mesa no es la mesa en sí, sino el símbolo que la representa, que la designa. En realidad lo que percibimos es una proyección mental, al que le damos un significado  para interpretarlo, pero esto es tema de otra reflexión.

En este mismo sentido usamos las palabras en nuestra práctica espiritual. Cuando pronunciamos o escribimos las palabras  Dios, la paz o el amor, nos remiten a  sentimientos o pensamientos de algo trascendente al que designamos con el nombre de Dios, pero sólo son símbolos que buscan  representar nuestra realidad intangible, pero que no son Dios, ni la paz, ni la dicha. Las palabras  nunca van a poder sustituir experiencias inefables como   Dios, el amor o la paz. Las palabras tampoco logran describir experiencias como la  revelación o la gracia de Dios. De ahí que Un Curso de Milagros nos diga: “Decimos “Dios es”; y luego guardamos silencio, pues en ese conocimiento las palabras carecen de sentido.” (L 169. 5:4)

Las palabras son como un mapa, señalan el camino pero no son el camino ni mucho menos la meta. De ahí que las palabras “no son más que símbolos de símbolos.  Por lo tanto, están doblemente alejadas de la  realidad.” (M-21.1:9-10) La  realidad es la vida, es la experiencia y eso no la sustituye ningún símbolo. La  experiencia es el propósito de nuestro aprendizaje.

En la medida que avanzamos en nuestras prácticas y nos adentremos en nuestra experiencia el sonido de las palabras “se hace cada vez más tenue hasta que finalmente desaparece, a medida que nos acercamos a la Fuente del significado. Y Ahí es donde hallamos reposo.” (int. 5° repaso. 12:5-6)

Cuando meditamos al principio podemos utilizar las palabras como una brújula que nos guía en nuestro propósito, y en la medida que nos aquietarnos y entramos en un silencio profundo, en ese instante, nos olvidamos de las palabras, nos olvidamos del cuerpo, y entramos en comunicación con nuestro Ser, con nuestra luz, con la presencia de Dios, en esa experiencia los sonidos de las palabras se van haciendo más tenues, van desapareciendo, en la medida que nos vamos acercando a la Fuente de todo significado, en la medida que nos aproximamos a Dios, y reposamos en Él. En ese momento  santo, no hay palabras, solo Amor, solo Dicha y una Paz que sobrepasa todo entendimiento; el lenguaje del cuerpo ha sido sustituido por el lenguaje del Amor.

El Espíritu Santo reinterpreta nuestra percepción del mundo para ayudarnos a despertar de este sueño de separación. Un Curso de Milagros utiliza los conceptos y símbolos cristianos y  también utiliza el concepto “La palabra de Dios” pero es consciente de su verdadero significado, de su alcance y limitación. Sabe que las palabras son el medio de comunicación de este mundo, pero que son símbolos que se utilizarán hasta que ya no sean necesarios y se  dejan atrás. De ahí que el libro de Un Curso de Milagros no se considere sagrado, así los pensamientos que allí se expresen sean lo más sagrados, pues no se confunde en ningún momento el símbolo con la realidad que subyace más allá de todo símbolo.

En un comienzo Un Curso de Milagros hace un uso intensivo y extensivo de la palabra, pues este mundo en el que parecemos estar es demasiado  lógico y racional, y siempre pregunta y exige respuestas y argumentos lógicos y racionales. El  Curso  provee esas respuestas, y nos explica de múltiples maneras la verdad y los criterios para determinar la verdad, nos describe la psicología del ego, nos explica la importancia del perdón, y como practicarlo, así como la importancia de sanar nuestras mentes, y nos demuestra con convicción  de que sólo a través de sanar las relaciones con nuestros hermanos logramos sanar nuestra  relación con Dios.

Las palabras escritas en Un Curso de Milagros, están inspiradas desde el Amor y de ahí la belleza y la  poesía de sus textos, que buscan reflejar la magnificencia que nos espera cuando logramos trascender las palabras y conectar con el sentimiento que es la Fuente de toda belleza, de toda armonía y toda la sabiduría del universo.

En este mundo las palabras son juicios que hacemos respecto a lo que vemos y experimentamos. El Espíritu Santo nos enseña a reinterpretarlas desde el amor, renunciando a todo juicio a través del perdón. Mientras utilicemos las palabras como juicios “Son muchos a los que aún es necesario acercarse por medio de palabras, ya que todavía son incapaces  de oír en silencio” (M-21.4:3) en otras palabras, el silencio es nuestra forma natural de comunicarnos con Dios, mientras aprendamos a recordar nuestra comunicación original en el Cielo, necesitaremos apoyarnos en las palabras.

Todo este sólido recorrido conceptual tiene un propósito, así como un principio y un fin, que no concluye con la última página de Un Curso de Milagros, pues está de por medio nuestra decisión de pasar de la  teoría a la praxis, de las palabras al silencio,  del miedo al amor, del ego a Dios. El propósito del Curso es pasar de la argumentación a la praxis, a la experiencia de Dios. Sin esta experiencia no hay cambio de mentalidad, sin esta no nos  liberaremos del ego, sin esta no llegaremos a comunicarnos con Dios, no lo podremos contemplar y gozar del júbilo eterno de Su luz y Su Amor.

Un Curso de Milagros usa extensamente la palabra durante su enseñanzas y en la medida que estas se hacen más avanzadas y profundas nos anuncia el fin de las palabras. En la segunda parte del libro de ejercicios los textos son cada vez más cortos pues el énfasis está en la experiencia y la oración. Como todo en este mundo tiene su tiempo marcado una vez cumple su función. Cuando nos iluminamos dejamos atrás todas las herramientas que nos ayudaron como el perdón, los milagros y las palabras, todo desaparece junto con el mundo. Al Cielo sólo ingresa el Amor pues el Cielo es el Amor mismo.

Cuando llegue ese santo momento, en que nos adentramos en nuestro silencio interior y dejamos atrás las palabras, nos olvidaremos del mundo, nos olvidaremos del cuerpo, nos olvidaremos de las palabras y nos olvidaremos del Libro de Un Curso de Milagros, no sin antes darle nuestras infinitas gracias a Jesús y al Espíritu Santo por su guía y amorosa compañía, sin la cual no podríamos haber llegado donde teníamos que llegar: a nuestro Hogar, al corazón de Dios.

Bendiciones


Oscar Gómez Díez
https://oscargomezdiez.com/

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